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“Comencé
a pintar por puro aburrimiento de estar encamada… Realmente no sé si
mis pinturas son o no surrealistas, pero sí sé que son la más franca
expresión de mí misma, sin tomar jamás en consideración ni juicios
ni prejuicios de nadie. He pintado muy poco, sin el menor deseo de
gloria ni ambición, con la convicción de, antes de todo, darme
gusto, y después ganarme la vida con mi oficio”. Así se confesaba
Frida Kahlo en 1947, a petición del Instituto Nacional de Bellas
Artes de México.
“De los viajes que hice, viendo y observando
todo lo que pude, magnífica pintura y muy mala también, saqué dos
cosas positivas: tratar de ser siempre yo misma, y el amargo
conocimiento de que muchas vidas no serían suficientes para pintar
como yo quisiera y todo lo que quisiera”, continuaba esta mujer,
lejos de saber entonces que, cien años después, iba a convertirse en
todo un mito, en un icono de la creación como lucha, de la fuerza
femenina.
Generación a generación, la pintora mexicana
sigue sorprendiendo, impregnando la retina de imágenes y símbolos
ante los que no cabe la indiferencia. En esto coinciden artistas y
escritoras, dispuestas a desvelar ahora las claves de su potencia,
el secreto de una huella indestructible. Por Emma Rodríguez.
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