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El impresionismo nació a lo largo del río Sena,
conforme va bajando hacia las costas del Canal de la Mancha. En
1858, Claude Monet, natural de El Havre, en la misma desembocadura
del río, conoció a un verdadero precursor e impulsor de la pintura
impresionista a orillas del mar. Esta persona, Eugène Boudin (Honfleur,
1824-Deauville, 1898), pasó toda su vida pintando aquellas playas y
pequeños puertos con su mar y sus cielos tan variables, abiertos a
todos los cambios de viento y de luz.
Mentor de Monet, a quien enseñó que la primera
impresión era la correcta y que había que terminar el cuadro allí
mismo, donde el artista lo pintaba al aire libre, en vez de volver
al estudio como era la costumbre, Boudin acogió también a Gustave
Courbet, al holandés Jongkind y a muchos otros. A_todos les abrió
los ojos a las iridiscencias del mar y de la luz, en contraste con
los valores académicos de la Escuela de Bellas Artes que, si bien
privilegiaban las escenas marinas, preferían centrarse en los
efectos de las fuerzas elementales de la naturaleza, sobre todo en
los naufragios, que elevaban el cuadro al nivel de tragedia humana,
de la que era posible extraer una lección moral.
El joven Monet, de una familia próspera del
gran puerto transatlántico de El Havre, se dedicaba al arte de la
caricatura. Cuando conoció a Boudin, recordaría más tarde, “fue como
si me hubieran quitado una venda de los ojos y, en un relámpago,
comprendí lo que era la verdadera pintura.”
Una exposición en la Royal Academy of Arts de
Londres explora ahora las consecuencias que supuso, en el último
tercio del siglo XIX, la revolución pictórica de aquellos pioneros.
Por Michael Alpert.
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