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Filigranas que matan

La Europa del siglo XVIII tenía en la arcabucería madrileña una de sus más preciadas producciones de lujo, por encima incluso de los tapices y porcelanas de las reales fábricas de la región. Su estimación era tan elevada que el precio medio de cada pieza llegó a ser igual al pagado a Goya por sus cuadros y no hubo Corte ni príncipe que, dada la gran calidad técnica y belleza de estas armas, no ansiara poseerlas. La afición de los monarcas españoles por la caza hizo que en Madrid, importante centro cinegético, se desarrollara, casi hasta la perfección, la manufactura de armas de lujo. En la formación de un príncipe, la caza se consideraba fundamental, pues, además de entrenamiento físico, servía para el desarrollo intelectual y de las habilidades guerreras, según se creía. En sus cacerías, la realeza debía contar con armas de gran fiabilidad, por lo que acabó instituyéndose la figura del arcabucero real, que forjaba sus cañones únicamente para la Corte, que le premiaba con grandes ventajas sociales.

Seguridad y calidad eran los requisitos básicos exigidos a su obra y, precisamente por ello, destacan los cañones madrileños, cuya forja fue objeto de los más pintorescos episodios de espionaje industrial. Sara Puerto explica en este número cómo, por la gran calidad técnica de sus cañones y la belleza de sus decoraciones en oro, plata, bronce, esmaltes y brillantes incrustados, Madrid tuvo en sus arcabuces del siglo XVIII verdaderas joyas, codiciadas por las Cortes de toda Europa.






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