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El paso de la Laguna Estigia
Una diagonal turquesa recorre este cuadro
de derecha a izquierda, del Infierno al Paraíso. Por aquí
pasean las almas de los elegidos y sus ángeles, entre bosques
frondosos y animales que corren por las praderas de color
esmeralda. Allá es el llanto y el crujir de dientes, los
torreones en llamas y las almas de los condenados custodiadas
por Cerbero. El fondo del infierno es una sombra parda, rota
aquí y allá por el bermellón de las hogueras. El horizonte del
paraíso es un sueño de veladuras azules. En el centro de la
laguna que separa estos dos mundos, un anciano gigante rema
para acercar su bote a la orilla en llamas. A sus pies,
sentada en uno de los bancos de la chalupa, un alma (en pena,
se supone) mira con atención la orilla del tormento que se
aproxima. No hace aspavientos, está muy seria. El viejo no
amenaza ni insulta –¡con la fama de deslenguado que tenia
Caronte!–. Sólo rema.
El pintor Perico Pastor escribe en
este número sobre esta obra maestra de Patinir, el primer
cuadro que le sobrecogió, al margen de la opinión de maestros
o amigos, y que, desde entonces, no le ha abandonado,
asombrándole cada vez que vuelve a verla.
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