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A
primera vista, se puede caer en la tentación de reaccionar, ante una
obra de Pierre et Gilles, con el mismo desdén condescendiente y el
aire de superioridad con que atisbamos por el rabillo del ojo los
abigarrados objetos baratos y chillones que pueblan el escaparate de
un bazar oriental de Todo a Cien. Pero una mirada más atenta
descubre inmediatamente que esta pareja de artistas franceses
subvierte esos materiales kitsch y las tradiciones iconográficas de
que se nutren para hablarnos de nosotros mismos, de nuestras
aspiraciones, de nuestros valores, de nuestro anhelo de lujo, poder
y, sobre todo, sexualidad, en su caso aparentemente gay, pero en
reaIidad tan universal como el deseo mismo.
Flores de papel, tiras de espumillón
iridiscente, bolas de árbol de Navidad, pisapapeles en cuyo interior
estallan cursis nevadas al agitarlos, ristras de bombillas de
colores, pelucas y pieles sintéticas, uñas postizas, conejitos de
peluche rosa o estrellitas de purpurina, plumas teñidas, bisuterías
mil de un mundo plastificado que abastece la ilusión de consumo de
millones de personas.
Repertorio material con el que se reproducen
los repertorios iconográficos de todas las culturas –sean éstas
grandes religiones, desde el cristianismo al islam, pasando por el
hinduismo– o los iconos del deseo físico. Arturo Arnalte
reconstruye en este número la trayectoria de esta pareja de
artistas, que desde su encuentro en 1976 practican con constancia
estilística una rígida división del trabajo: Pierre fotografía,
Gilles pinta. Entre ambos construyen los escenarios para el relato
que, al igual que la pintura europea del Renacimiento y el Barroco,
responde a sagas mitológicas, espirituales y literarias, con el
añadido contemporáneo de los héroes del celuloide.
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