|
La ruptura con la cultura artística, llamada tradicional o dinástica, fue en China, desde el movimiento del 4 de mayo de 1919, uno de los principales pilares de las diferentes corrientes reformadoras desde el inicio del siglo XX. La incorporación de técnicas y lenguajes artísticos procedentes de la cultura occidental se fue imponiendo en la enseñanza académica, junto a una no menos importante producción popular que demandaba nuevos sujetos y medios para un consumo masivo frente al elitismo imperante en su tradición. Si en las décadas de los años veinte y treinta, la imagen comercial conoce un importante desarrollo en los nuevos medios de masas, simultáneamente se fraguaba un uso político del arte, cuyas bases sentaría posteriormente el presidente Mao Zedong, en las llamadas “Intervenciones en el Foro de Yanan sobre arte y literatura” (1942).
Desde la toma del poder por los comunistas en 1949 la difusión de los nuevos ideales encontró su mejor medio de expresión en el cartel, el grabado sobre madera y los papeles recortados, uniendo fórmulas populares tradicionales con las más innovadoras. La influencia del realismo soviético fue muy evidente en los primeros años de la revolución en la propaganda política. El uso de primeros planos de líderes, consignas breves y directas y escasa profusión de color, marcan el vínculo con el aparato de propaganda soviético. En la década de los cincuenta convivía el cartel político con el que se narraban idílicas imágenes de la vida familiar y cotidiana de la Nueva China. La búsqueda de formas artísticas propias y directas se consolidó como una herramienta más para luchar contra el arte decadente de la tradición china, así como de las propuestas occidentales.
El 16 de mayo de 1966, el Comité Central del Partido Comunista Chino, publicó el llamado “Comunicad 5/16”, en el que se fijaban los principios y directrices que llamaron a la movilización general de “la Gran Revolución Cultural Proletaria”. La lucha contra los tres males –feudalismo, capitalismo y revisionismo– constituyó un discurso desesperado, y por ello violento, por parte de los círculos próximos a Mao.
Isabel Cervera explica en este número las consecuencias en el arte chino de las medidas emanadas de aquella Revolución Cultura y cómo ésta creó un lenguaje propio, “imágenes como bayonetas, fáciles de comprender”, por una población que sufrió una traumática experiencia colectiva. |