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La pintura española del siglo XIX, al contrario de los grandes nombres europeos como un Turner, un Delacroix, un Courbet o los impresionistas en pleno, no tenía hasta hace bien poco carisma alguno, no ya en Europa sino en la propia España, y sus representaciones más vistosas, como los retratos de Federico de Madrazo, estaban por todas partes pero eran “invisibles”, mientras los enormes cuadros de historia, aparecían sólo como ilustraciones apócrifas de los libros de esta materia –antigua, medieval o moderna– o, incluso, en ocasiones, como cromos coleccionables para uso de escolares ociosos.
Las imágenes de esos cuadros de historia más divulgados también se habían adaptado en los carteles anunciadores de las películas exaltadoras de reales o supuestas grandezas “imperiales”, filmes que fueron muy bien recibidos, o fomentados, por las estructuras del franquismo, que nos querían convencer de que la “unidad de la Patria” existía ya no en época de su verdadero arquitecto, Felipe V, sino en la mismísima Edad Media. Incluso en tiempos nada menos que de Séneca, que aparece muerto en su bañera en un famoso cuadro de historia de Manuel Domínguez, ganador de primera medalla en 1871, cuyo autor sin duda tenía en el recuerdo el genial cuadro de David “La muerte de Marat”.
Este trasfondo político acababa de contaminar cualquier improbable intento de reivindicar entonces un género como el de la pintura de historia, que no hemos de olvidar nunca que era el que había encabezado, en plena época academicista, el escalafón de los géneros pictóricos.
Ahora, después de diez años de cierre, vuelve a abrir la sección del siglo XIX del Museo del Prado de Madrid, en forma, al principio, de exposición temporal. Francesc Fontbona analiza en este número las aportaciones del XIX a la historia del arte español, y presenta las obras y autores de la exposición. |