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Ahora sólo contamos cuentos a los niños. La necesidad adulta de entretenimiento ha desterrado de nuestras prácticas habituales el contar cuentos o leerlos en voz alta. Sin embargo, han sido actividades favoritas y comunes de la historia humana, no digamos en los tiempos o las sociedades de cultura oral o en los grupos analfabetos, sino también en la era de la imprenta, pero no todavía de los medios como la radio o la televisión.
Supiera o no leer, la gente se sentaba alrededor de un contador de cuentos, o alguien que sabía leer, generalmente una mujer, leía un cuento previamente escrito de forma manuscrita o en una hoja impresa.
Aún podemos contemplar a estos contadores de cuentos, sin entender una palabra pero presenciando sus efectos fascinadores, en la Jemaa el Fna de Marrakech; y hemos asistido al efecto de la narración de cuentos no sólo en nuestros recuerdos infantiles –de conservarlos–, sino también su evidencia, no solamente literaria, sino ante nuestros propios ojos, en Memorias de África (1985) de Sydney Pollack, que reconstruía el texto Out of Africa (1937) de Isak Dinesen, retrotrayéndonos a un mundo casi del Antiguo Régimen como era la Kenia de la segunda década del siglo XX.
En la España de Velázquez la gente contaba cuentos al atardecer, después del trabajo cotidiano; aquellos que vivían en la Corte o en las ciudades más importantes, podían acudir a los corrales de comedias y disfrutar en su ocio de la ficción de la palabra, de la corporeidad de los actores y un mínimo de escenografía, de creación visual de un contexto de la narración; los reyes y su Corte esperaban ansiosos –y los testimonios son múltiples– las representaciones del teatro del Alcázar o del Buen Retiro como forma más artificiosa de ficción oral y visual.
Esa necesidad de dar cuerpo físico –y no solamente cuerpo imaginario gracias a las técnicas de la composición de lugar y tiempo que aconsejaban predicadores, confesores y consejeros espirituales– había impulsado la edición de textos de ficción o historia, sobre todo sagrada, que estuvieran ilustrados, punteados con pequeñas xilografías que nos adentraban en las representaciones mitológicas de las metamorfosis ovidianas o en las imágenes bíblicas.
El Museo del Prado presenta ahora “Fábulas de Velázquez. Mitología e Historia Sagrada en el Siglo de Oro”, una retrospectiva dedicada al pintor, confrontándolo con otros artistas de la talla de Caravaggio, Poussin o Rubens. Fernando Marías examina en este número los recursos narrativos empleados por el sevillano a lo largo de su obra y presenta los detalles de la exposición.
En un segundo artículo, Arturo Arnalte desgrana cómo es el nuevo Casón del Buen Retiro: tras 40 millones de euros de inversión y diez años de obras, la antigua residencia de la pintura del XIX quedará reducida a centro de estudios. Y Sara Puerto presenta la nueva imagen de los empleados de sala del Museo, que estrenan uniformes diseñados por Baruc Corazón. |