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La Bacanal
Los habitantes de la isla de Andros se pasaban la vida en estado de embriaguez. Ello se debía al dios Baco, que les había favorecido con un río en el que fluía vino en vez de agua. Su consumo los hacía joviales, atléticos y amigables, aparte de más altos y más hermosos que los demás griegos. Al menos, eso es lo que relata Filóstrato, un escritor del siglo primero. Antes de Tiziano, ningún pintor del Renacimiento podría haber ofrecido una presentación tan convincente de la bucólica y frenética vida de los habitantes de Andros, dedicados a los placeres del vino, del sexo, de la música y de la danza, como la que el italiano inmortalizó en “La Bacanal”, que realizó para decorar el estudio privado del duque Alfonso de Este. Tiziano, perteneciente a una generación de pintores italianos que habían absorbido intensamente el lenguaje y las formas de la Antigüedad clásica, fue el que mejor supo trasladar el hedonismo vibrante de la Grecia pagana a imágenes convincentes, según destaca en este número Gabriele Finaldi, director adjunto de conservación del Museo del Prado.
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