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Un modelo de fusión

Desde el siglo XVI a nuestros días, los azulejos se han integrado en todas las manifestaciones arquitectónicas lusas, obedeciendo a las más variadas influencias y estilísticas y adaptándose a las demandas de las diversas clases sociales.

Un modelo de fusiónMiramos al frente y qué es lo que vemos: azulejos. Miramos a los lados y nos encontramos con más azulejos y lo mismo ocurre si nos giramos. No cabe duda, estamos en Portugal. Y no es sólo que la azulejería se haya convertido con el tiempo en uno de los símbolos de identificación nacionales de nuestros vecinos, con los que tanto hemos compartido –incluidos, por supuesto, los azulejos–, sino que, y esto es lo más importante, han sabido preservarlos, sintiéndose en todo momento orgullosos de su presencia, ajenos a modas, corrientes y estilos pasajeros contrarios a su utilización.

Por supuesto, no es que no haya habido corrientes estéticas como las que se fueron sucediendo en los países de su entorno, muy al contrario, lo que ha ocurrido en Portugal es que ninguno de esos movimientos renunció a manifestarse a través de la cerámica o, lo que es lo mismo, que sus artífices, ceramistas y azulejeros, supieron acompasar y apropiarse de los lenguajes de cada momento, situándose en el plano más culto de la creatividad.

Antonio Perla explica en este número cómo la azulejería ha acompañado en el país luso, en todo momento, a las manifestaciones arquitectónicas surgidas por y para las clases sociales que han ostentado el poderío económico: la Corona, la Iglesia, la aristocracia o la burguesía en su momento. Palacios, iglesias, casas nobles, comercios, edificios administrativos, espacios comunes, escritos en lenguaje medieval, renacentista, barroco, rococó, neoclásico, moderno, todos han sido redactados en clave cerámica en algún momento, ninguno ha renunciado a las posibilidades plásticas que el azulejo les ofrecía. Pero siendo esto importante y significativo, motivo de estudio e incluso de elevación a seña de identidad, más trascendente aún es que ese orgullo se haya convertido en objeto de conservación.





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