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“Quisiera que mi vida sea un torrente fértil que recorra la tierra con alegría. Soy rico, estoy lleno de ideas, y sólo necesito trabajar (…). Un burgués me dijo hoy, con intención de insultarme, que mi cerebro estaba siendo desperdiciado. Me hizo mucho bien. Todos deberíamos recibir un recordatorio como ése cada día”, escribía Amedeo Modigliani a su amigo, el también artista Oscar Ghiglia, en su temprana juventud, recién iniciados sus estudios de pintura en Italia, clarísima ya la vocación y marcado el carácter rebelde.
“Gente como nosotros gozamos de principios distintos a los de la gente normal y corriente, porque tenemos exigencias distintas que nos colocan por encima de sus valores morales. Tu deber no consiste en sacrificarte por los demás. Tu verdadero deber es salvar tu sueño. La Belleza exige dolorosos sacrificios que, en contrapartida, engendran las obras supremas del alma. Cada obstáculo que sobrepasamos significa un afianzamiento de nuestra voluntad y una reafirmación vital en nuestra inspiración de cara al futuro”, se dirigía al mismo amigo en 1905, incitándole a estimular y excitar su intelecto, a huir de las cárceles autoimpuestas, de las estrecheces de miras.
Lejos estaba Modigliani cuando expresa estos pensamientos de intuir su destino, lejos estaba de imaginar un futuro cargado de goces y padecimientos a partes iguales, de iluminaciones, experiencias al límite, arrebatos y claudicaciones, pero, en el fondo, cuán seguro estaba del ideario estético y vital que iba a marcar su existencia. Faltaba un año para que empezase su aventura en París, la ciudad que vio crecer su obra y su leyenda a partir de 1906, el escenario donde explosionaron las vanguardias y que ahora puede reconstruirse a través de la exposición del Museo Thyssen-Bornemisza, una muestra en la que Modigliani aparece rodeado por sus maestros y amigos, dando idea de un tiempo único, milagroso, en la historia del arte contemporáneo. Por Emma Rodríguez.
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