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David Chipperfield es un profesional austero y estricto, que entiende cada proyecto como una oportunidad única para replantear las pautas arquitectónicas. Cada intervención suya es y parece distinta, pues son las condiciones del lugar las que acomodan la forma y la imagen de la obra, que el arquitecto londinense supedita al contexto y a la función y necesidades del programa. Se autodefine como un arquitecto conservador, ajeno a las modas que convierten las actuaciones arquitectónicas en objeto de consumo pasajero. Por el contrario, Chipperfield cree que la arquitectura se debe construir alrededor de nuestros rituales cotidianos, y que su fin es mejorar la existencia de los usuarios.
Esa sensación emana de su propia casa de verano en Corrubedo, en Galicia, del diseño del apartamento en doble altura de Kensington, realizado en Londres a finales de los noventa, de las viviendas de Port Isaac y de Richmond, o de la volumetría en esquina creada recientemente para una de las manzanas del Kupfergraben de Berlín. Chipperfield trata de contagiar los edificios públicos del mismo espíritu de comodidad casera que se disfruta en sus espacios privados.
Los múltiples museos, de los que ha llegado a ser experto, teatros, centros de conferencias, hoteles y oficinas o pequeñas tiendas se fragmentan para presentar una imagen amable y hogareña en fachadas y espacios.
Mercedes Peláez López repasa en este número la trayectoria y el trabajo del arquitecto británico y rastrea sus huellas en España. En un segundo artículo, Eduardo Suárez entrevista al ganador del último premio Stirling, el más prestigioso de la arquitectura británica.
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