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La cultura del ocio que había nacido en la Belle Époque idolatraba a los cazadores de imágenes. Los pintores, fotógrafos y cineastas se habían convertido en notarios de la alegría de vivir burguesa. Con sus instantáneas de excursiones campestres, paseos marítimos, competiciones deportivas y diversiones nocturnas, daban fe de su concepción de la existencia como un eterno domingo. Estas postales de los placeres y los días merecían ser retratadas en colores.
Los tiempos modernos rendían culto a las estampas del cuerpo liberado. El canon tradicional de belleza y libertad había sido recuperado por el arte, el erotismo y la higiene. Además, la cabeza preocupaba tanto como el tronco, por lo que el psicoanálisis indagaba en la intimidad individual, examinaba la conciencia colectiva.
La Europa de fin de siglo, entre la Exposición Universal de 1900 y la Gran Guerra de 1914, conoce unos años felices de inusitado optimismo. Por eso, los inventores, considerados como pioneros del progreso, buscaban las fórmulas para colorear las películas y las placas fotográficas. Pedro García Martín relata en este número cómo, en medio de ese frenesí cromático, movidos por un afán descubridor, los hermanos Lumière comercializaron hace ahora cien años los autocromos, las primeras fotos en color natural al alcance de la mayoría. Toda una revolución en la mirada de la historia. |