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Courbet, que centra el siglo XIX desde el doble punto de vista cronológico –nace en 1819 y muere en 1877– y estético, en la medida en que supone la plasmación absoluta de las tendencias renovadoras de mediados de la centuria, despliega el conocimiento prístino de la vida en su visión más directa y el dominio de la técnica pictórica, a la que otorga unas calidades y efectos magistrales. Es el nexo entre la vitalidad romántica y el nuevo lenguaje de la pintura contemporánea que, habiendo superado los márgenes del impresionismo y extrayendo de este movimiento lo que posee de auténtico impulso, alcanza la monumentalidad constructiva de Cézanne. El artista de Ornans, su lugar de nacimiento resulta, sin duda, el fin de una etapa y el principio de otra, como siempre deseó ser, aunque la dimensión que hoy se le otorga es mucho mayor de lo que él mismo llegó a pensar nunca de sí.
El Museo Metropolitan de Nueva York, el célebre “Met”, abre ahora sus espacios más distinguidos a la exhibición de un proyecto que ya se ha desplegado en el Grand Palais, de París, con espectacular éxito, en razón de la respuesta masiva de visitantes que durante varios meses han colmado sus salas. Se trata de la gran retrospectiva consagrada a Gustave Courbet, la figura señera del realismo francés decimonónico en pintura. Por Juan J. Luna.
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