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Al anochecer, cuando decenas de lámparas inadvertidas durante el día revelan la magia seductora del espacio, las obras tersas, pálidas y austeras de Francisco Mangado adquieren su plenitud, permaneciendo en la oscuridad como brasas luminosas. El arquitecto navarro concibe su arquitectura bajo los efectos de la luz artificial. Así transforma las masas en materia encendida de coloreada densidad transparente. Pocos arquitectos disponen luminarias y puntos de luz con la sabiduría compositiva de Mangado. Con ellos pauta, replantea y disecciona el espacio, subrayando medidas y proporciones. Y en la penumbra que generan los focos, modifica las formas y borra los muros, deshaciendo y alterando fondos y figuras. Por la noche, el vacío asoma al escaparate radiante de los huecos y la arquitectura de Patxi Mangado se expresa en sus elementos singulares.
Desde que se licenció en 1981, Mangado ha logrado la coherencia funcional de formas, construcción y espacio que dan unidad, imagen e identidad a su trabajo. Ha sido profesor en la Universidad Internacional de Cataluña, invitado de la School of Architecture y asiduo de Harvard. Actualmente levanta en Zaragoza el Pabellón de España para la Exposición Universal. Mercedes Peláez repasa en este número su trayectoria y las huellas de su obra en España y Elena Pita entrevista a un autor, crítico con la arquitectura espectáculo, caligráfica y superficial, que pone en práctica una falsa estética medioambiental: “No creo en la sofisticación embaucadora”, afirma Mangado.
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