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Mario Merz (1925-2003), aquel joven milanés al que su adscripción a la lucha antifascista acabó arrojando a la cárcel, como a tantos otros intelectuales y artistas italianos durante el Ventennio mussoliniano, de fanfarria y plomo, partiría del dibujo hasta conseguir la plasmación de sorprendentes ideas creativas, que eclosionarían, entrada la revolucionaria década de los sesenta, en el denominado Arte Povera, arte pobre.
Antielitismo y compromiso, denuncia social e investigación personal sobre nuevas posibilidades estéticas y, como elemento más llamativo y definidor, la introducción en la factura de la obra artística de materiales humildes, procedentes de la vida cotidiana y de uso orgánico. La naturaleza y la manufactura para el uso se daban la mano de la forma más expresiva. Un verdadero revulsivo en agitados tiempos de vuelcos y cuestionamientos en todos los órdenes.
Si la gran consigna del Arte Povera era la del básico establecimiento de una estrecha relación entre el arte y la vida, no por ello partía de una simplificación de la expresión artística, como muchos con gran simpleza y de forma en absoluto desinteresada quisieron interpretar. Este encuentro entre la expresión artística y los aspectos más “normales” y menos elaborados de la existencia era producto, en el caso de Merz, de un proceso artístico y vital impregnado de choques estéticos de primer orden, Picasso y Braque, ante todo. Y, paralelamente, la asimilación de lecturas de autores clave del siglo –Kafka, Pavese y Steinbeck– y de la cultura en su totalidad, como el imprescindible e inagotable Leonardo.
Con soportes de semejante envergadura, Mario Merz, muy pronto trasplantado a Turín, sería capaz de establecer unas premisas estéticas realmente renovadoras. Pero este hombre, fascinado por la geometría de la naturaleza estaba también profundamente interesado en las matemáticas y en la ciencia. El perfil del iglú se alzaría para sus concepciones como la más perfecta forma física que otorgar a la metáfora de lo transitorio en el arte, siempre vivo y siempre cambiante. Por José María Solé. |