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En 2010 se cumplirá un siglo de la apertura de la Casa-Museo de El Greco, una iniciativa de Benigno Vega-Inclán (1858-1942), una de las personalidades más interesantes y características de la España del reinado de Alfonso XIII; un lúcido emprendedor cultural, que supo ver todo el potencial de nuestro rico patrimonio artístico y económico. A él se deben algunas de las iniciativas más innovadoras y fructíferas del momento, como fue la conversión de algunos monumentos y edificios históricos en paradores nacionales, germen del que luego se ha denominado turismo cultural, fenómeno que fue potenciado y reivindicado más tarde por el desarrollismo franquista, pero cuya idea inicial partió del segundo marqués de la Vega-Inclán.
Coleccionista y marchante de arte en unas fechas en que nuestro patrimonio cultural vivió un continuo trajín especulativo; hombre de mundo y de grandes relaciones, a Vega-Inclán se debe igualmente la invención de tres museos nacionales que testimonian bien la personalidad e intereses de su creador, como también su amplitud de miras y su generosidad, pues los tres fueron donados al Estado español: el Museo Romántico de Madrid, el de Cervantes en Valladolid y el de El Greco en Toledo.
Como pretendió Vega-Inclán, el Museo de El Greco se convirtió enseguida en uno de los edificios emblemáticos de la ciudad, un punto de referencia ineludible del turismo local, atraído no solamente por el interés intrínseco de Toledo, sino por su figura artística más señera: El Greco. A punto de cumplir cien años de historia, el Ministerio de Cultura está acometiendo una necesaria reforma del edificio, cerrado por ello desde hace unos meses al público.
Los veinte lienzos de El Greco que conforman el núcleo de la institución se acaban de exhibir en Sevilla y, a partir de este mes lo harán en Valencia y Zaragoza. Por Leticia Ruiz Gómez.
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