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En 1854, durante el llamado período Meiji, Japón abre sus puertas al mundo, y un torrente de exposiciones, galerías y revistas difunden por todo el contexto europeo las bellas estampas niponas del “Ukiyo-e”, pinturas del mundo flotante, amable y cotidiano, mucho más delicadas que sus contemporáneas occidentales. Ese género de grabados, producidos en Japón entre los siglos XVIII y XX, supusieron una auténtica revelación para los artistas europeos del XIX, siendo una de las bases sobre las que se levantan las nuevas corrientes artísticas impresionistas y postimpresionistas y hasta el Art Noveau; todas beberán de las fuentes niponas para la configuración de su nuevo lenguaje, de las cuales Hiroshinge era una de las figuras principales. Y es que el artista japonés logró llevar esta disciplina a un nivel estilístico y artístico muy elevado.
La maestría a la hora de captar el paisaje, su lirismo atmosférico basado en suaves notas de verde y azul, y la captación de la ciudad antes de la revolución Meiji satisfacían la sed de exotismo y evasión de los artistas decimonónicos. A nivel artístico, supuso además una auténtica toma de conciencia visual, cambiando los parámetros que imperaban en el arte desde la época clásica: perspectivas planas de delicada transparencia, el primer plano como gran recurso expresivo, nuevos formatos…Bonnard, Toulouse-Lauterc, Manet y Monet. Pisarro, Cezanne, Gaugin y Klimt, todos se vieron fascinados por lo japonés. De hecho, para muchos autores, es el brillante sol de la bandera nipona el que centellea, inaugurando un nuevo día, en la obra de Monet Impresión, sol naciente. Por Paloma Esteban Leal. |