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Coincidiendo con el desembarco en Bruselas de las obras de la reina Isabel II, Descubrir el Arte analiza en un extenso reportaje cuáles fueron los motivos que impulsaron a los monarcas a formar estas antologías. Y es que en la Edad Moderna, los pintores mas encumbrados ya no eran, como en la Edad Media, artesanos al servicio de diversas coronas, sino que sus obras empezaban a ser vistas como codiciados tesoros, para mayor propaganda y lustre de sus poseedores. La variedad de sus obras, procedentes de todos los puntos de Europa, contradice esa teoría romántica, tan en boga, que suponía a estas sociedades un nacionalismo y patriotismo exacerbado. Lo que estas colecciones nos revelan es precisamente lo contrario: en la mayoría de los casos, un interés casi obsesivo por todo aquello que provenga del extranjero.
Finalmente, con los nuevos vientos que soplaron a partir de las revoluciones del siglo XVIII, las colecciones privadas pasaron a ser un bien público, formando ingentes instituciones patrimoniales que desembocan en nuestros museos actuales. El recorrido atraviesa los grandes focos monárquicos de la historia europea: Inglaterra, una de las colecciones más dispersas; España, que contaba con el servicio de figuras de primer orden como Veláquez o Goya; Francia, marcada por la imponente figura de Luis XIV; Baviera, para la que el arte tenía la relevancia de un asunto de Estado; Rusia, abierta a las influencias occidentales; e incluso Italia, que pese a no ser un foco fundamentalmente monárquico, posee una riquísima tradición artística al respecto. Por Frances Fontbona. |