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El enfoque que Tomàs Llorens ha dado a la exposición “Miró: Tierra”es probablemente el que mejor ayuda a comprender la esencia de Joan Miró (Barcelona, 1893-Palma de Mallorca, 1983), un artista que a pesar de habernos dejado hace veinticinco años, no sólo sigue vigente en el panorama historiográfico y museográfico, sino que sigue siendo un fertilizador imprescindible de la creación artística. Sin lugar a dudas, la fuerza nutricia que movió su existencia e inspiró su arte debe buscarse en sus raíces y esto es precisamente lo que hace Llorens a partir de la palabra tierra, proponer una interpretación global del trasfondo del corpus mironiano, a través de setenta obras (pinturas, esculturas, dibujos, collages, cerámicas) procedentes de los más prestigiosos museos. “Miró: Tierra”no analiza de forma exclusiva las obsesiones de un Miró mental, intangible o abstracto, ya que también se acerca al Miró realista, al que manifiesta un amor telúrico por la tierra. Ésta es una propuesta arriesgada, no porque toque un tema desconocido sino porque trata de codificarlo de manera definitiva. Para hacer comprensible el discurso de la exposición, el comisario ha establecido siete capítulos temáticos, que a su vez marcan unos ciclos cronológicos, que explican la evolución de este Miró terráqueo: 1) Mont-roig (1918-1923, 2) Transparencias animadas (1923-1926), 3) Paisajes del origen (1927), 4) Polimorfismos (1927-1934), 5) Figuras plutónicas (1935-1937), 6) El retorno (1942-1963) y 7) Ciclos (1964-1981). Daniel Giralt-Miracle nos acompaña a través de este completo recorrido.
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