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Sebastiano del Piombo, el tercero en discordia

Trabajó en la Roma de Miguel Ángel, su protector, y Rafael, el gran rival. Una exposición en Berlín le reconoce los méritos que la historia le negó.

 

Sebastiano del Piombo, el tercero en discordiaCon las buenas exposiciones, ocurre como con los grandes libros: desvelan algo que era evidente y que estaba ahí delante, pero de lo que casi nadie se había percatado o había acertado a descifrar. En este caso, además, estamos de doble enhorabuena. No sólo la muestra que el próximo día 28 de junio abrirá sus puertas la Gemäldegalerie de Berlín, después de celebrarse en el Palazzo Venezia de Roma, es extraordinaria por varias razones, sino que los organizadores han tenido la feliz idea de publicar, bajo su amparo, no un catálogo al uso sino, tal y como ocurrió con aquella otra muestra memorable en torno a Antonello da Messina, un catálogo razonado sobre la obra de Sebastiano del Piombo. Con contribuciones de reputados especialistas, viene a cubrir un importante vacío bibliográfico, pues hace casi treinta años que no se publicaba un estudio detallado sobre este excelente pintor veneciano.

La exposición es la primera monográfica dedicada a Sebastiano Luciani (Venecia, 1485-Roma, 1547), que así se llamaba en realidad, y recorre todas las etapas creativas del pintor, desde los inicios en su ciudad natal hasta la última parte de su carrera, desde la calidez cromática veneciana a la fría tendencia geométrica final. Parece que el proyecto hubiera nacido con el propósito de apartar por siempre la imagen peyorativa que de Sebastiano legó al futuro su contemporáneo Giorgio Vasari, quien en sus celebradas “Vidas”, en las ediciones de 1550 y, sobre todo, 1568, hizo del pintor un mero seguidor de su admirado héroe Miguel Ángel, un sencillo coloreador de los maravillosos dibujos, léase ideas del gran florentino.

Jose María Riello hace justicia en este número a la figura de Sebastiano, que destaca en esta exposición como el gran artista que fue, alcanzando en importancia histórica nada menos que a su protector Miguel Ángel y a su rival Rafael, con quienes forma la tríada fundamental de la pintura romana de comienzos del siglo XVI.





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