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El taller de Alfaro es una gran nave diseñada por el arquitecto Emilio Jiménez, y situada en medio de un pequeño y algo inopinado polígono industrial. El espacio es amplio, alto, diáfano y muy luminoso. Bancos, herramientas -para perforar, cortar, curvar-, grúas, carretillas elevadoras. En algún punto permite el trabajo con piezas grandes; otros lugares se dedican el uno al metal, el otro a la piedra. En los almacenes, fuera de la vista del visitante, se encuentran bien empaquetadas y, en su caso, desmontadas, las esculturas que el destino ha hecho retornar a su lugar de origen.
Hay una extensa sala en la que Alfaro se autoexpone las obras recién hechas o las pendientes de ser recogidas para ir a alguna exposición. Y todo ello envuelto en una atmósfera de orden, de una llamativa pulcritud: orden y pulcritud, dos términos clásicos, hermanos tanto de la eficiencia funcional como de la belleza que le acompaña.
Vicente Jarque nos acompaña por este escenario singular, desvelando los secretos del genial escultor: la gran explanada en donde se pueden ver algunas de sus esculturas hechas para el exterior, como el “Sturm und Drang”; la magnífica biblioteca, con miles de libros y de catálogos, y el excelente –y desgraciadamente poco conocido – museo de electrodomésticos de época, resultado de los afanes coleccionistas de su hijo Andrés. |