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Alcarrazas trianeras
De origen árabe, estas vasijas, realizadas en barro muy poroso, servían para conservar el agua fresca. Muy apreciados en el sur de España, estos cántaros están presentes en algunas obras de Velázquez y Zurbarán, entre otros artistas.
En un momento como el actual, en el que se vienen encasillando tajantemente (aunque también difusamente) los términos de alfarería y cerámica, resulta algo complejo explicar cómo objetos concebidos para una actividad humana bien concreta, como es la de la contención de agua para beber, pudieron alcanzar un grado tal de sofisticación –tanto técnica como estética–, que les hizo merecedores de figurar en las más altas instancias del arte y el deseo.
Las alcarrazas, palabra de tremenda sonoridad, plena de contenido y evocaciones, fueron una manufactura frecuente y cotidiana de los centros productores situados en la mitad sur de nuestra Península durante, al menos, los siglos XVI, XVII e, incluso, XVIII.
Antonio Perla narra en este número cómo estos objetos fueron más que preciados, y buena prueba de ello es el bodegón que Zurbarán pintara alrededor de 1640 y que, pasando por alto sus significados, ha sido denominado como “Bodegón con cacharros”.La primera vasija de la izquierda es un bernegal de plata sobredorada sobre una salvilla de plata; a continuación, una alcarraza trianera de las llamadas cascarón de huevo; luego, un búcaro de Indias, y, por último, otra alcarraza trianera. En el cuadro de Santa Rufina, pintado por Zurbarán alrededor de 1645, la santa alfarera sujeta dos preciosas alcarrazas trianeras, una destinada como jarra y la otra para beber directamente en ella, aunque, curiosamente, ambas son prácticamente de idénticas dimensiones.
Belleza y utilidad formaron una admirable conjunción en las alcarrazas, haciéndolas dignas de las más ilustres bocas.
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