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Te Papa Tongarewa, la Casa de los Maorís

Un sorprendente edificio situado en la zona portuaria de Wellington, la capital administrativa de Nueva Zelanda, acoge este museo, cuyo interior reúne las diferentes manifestaciones de la cultura aborigen de las Antípodas y que este año celebra el décimo aniversario de su creación.

 

Te Papa Tongarewa, la Casa de los MaorísSe alza junto al perímetro sagrado del “marae”, el lugar de reunión de los jefes de las tribus, ceremonia que todavía hoy sigue viva. De formas irregulares, fachadas de piedra de cálidos tonos mezcladas con otras de rabiosos colores, para muchos es una construcción poco afortunada o, cuanto menos, con un aire ciertamente estrambótico. Hay gustos para todo. Su interior, sin embargo, es otra cosa.

”Kie ora Te Papa Tongarewa!” o “Bienvenido a Nuestra Casa, el hogar de los maorís”, dicho en la lengua aborigen. Este edificio de puertas abiertas alberga al Museo Nacional de Nueva Zelanda, que acoge el arte, la esencia, la historia y la razón de ser del pueblo antípoda. Aquí todo es enorme, gigantesco. Como este país, que desde la distancia siempre se antoja de dimensiones más asequibles que las que realmente posee.

Cuenta con seis amplias plantas, donde los grandes espacios, a veces desmesurados, se suceden en su interior. Exposiciones permanentes y temporales, talleres, cafeterías, restaurantes, espacios para niños, entretenimientos, bibliotecas y tiendas de regalos se reparten el sitio. Entre tanta variedad, la joya de la corona: la Colección Nacional de Tesoros Maorís, extraordinaria selección de tesoros únicos (taonga) de esta peculiar cultura, recolectados en diferentes museos e instituciones de toda Nueva Zelanda, donde se encontraban desperdigados antes de la inauguración de este Museo Nacional, hace ahora justamente diez años. La inmersión cultural se completa al visitar el “whare nui”, el lugar tradicional de reunión de las tribus primitivas. Orlado de esculturas, es síncresis perfecta de arte tradicional y contemporáneo, capaz de simbolizar la esencia ancestral de los aborígenes neozelandeses.

Alfredo Merino presenta en este número la historia y colecciones del museo, del que destaca un espacio sobre todos los demás: en el centro de un escenario de soberbia teatralización y colgado en medio de un bosque de orgullosos tótems de todas las formas y colores surgidas de la imaginación maorí, se encuentra el famoso Tratado de Waitangi. Firmado en 1840 por quinientos jefes tribales y el capitán William Hobson, en representación de la reina Victoria de Inglaterra, el documento declaraba Nueva Zelanda territorio británico, garantizando en contrapartida ciertos derechos a los maorís, en especial la propiedad de sus tierras. Algo que no fue respetado.





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