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César Portela, arquitectura en sueños

Sostiene César Portela que, a la hora de proyectar, prefiere soñar la arquitectura mejor que imaginarla. Su obra ocupa con naturalidad la orilla del Atlántico y sus rías y adquiere plenitud cerca del agua. El deseo de aprender forjó su educación intelectual y le llevó de Pontevedra a las escuelas de Barcelona y Madrid, para estudiar con maestros como Javier Sáenz de Oíza y Alejandro de la Sota. En 1999 recibió el premio Nacional de Arquitectura. Los cubos del Cementerio de Finisterre son su obra cumbre.

 

César Portela, arquitectura en sueñosHay en César Portela dos actitudes ante la obra de arquitectura. Una, inconsciente, ensimismada, sentida y visual. La otra, intelectual y objetiva. La primera es brumosa, evocadora y poética, y pertenece al territorio de la memoria, de la materia masiva y del mar. La segunda viene de la tierra, aporta la función y la tipología, y se vale de elementos arquitectónicos de formas esbeltas, montados en ligeros armazones que se pierden en el aire de los espacios. A veces ambas conductas coinciden, y, cuando lo hacen, las tradiciones de Galicia y la luz de Andalucía o del levante peninsular se unen en la obra del arquitecto gallego para generar tipos nuevos y universales.

Mercedez Peláez López repasa la trayectoria del eminente arquitecto, extrayendo de ella las claves de su éxito y trazando un recorrido a través de sus creaciones más paradigmáticas, mientras Elena Pita profundiza en su personalidad en una entrevista exclusiva para Descubrir el Arte. Portela sostiene que, a la hora del proyecto, prefiere soñar la arquitectura mejor que imaginarla. En sus perspectivas de arquitectura, contemplar el vacío teñido de ocres y tierras conduce al que mira a rememorar las figuras guardadas en el recuerdo, que son, en sus cuadros, los arquetipos con que juegan los sueños: Los cubos del Cementerio de Finisterre son paradigma metafísico del autor, y, acaso, su obra cumbre. Ideados para mostrar su dorso, rinden homenaje a la mirada y a las espaldas humanas pintadas por Caspar David Friedrich. Recuerdan a su autor “contenedores de un barco arrojados del mar”, un escenario dormido en la muerte con el atractivo que persiguen arqueólogos y descubridores.





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