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Hasta el mes de enero se puede contemplar, en el Museo Thyssen-Bornemysza y en la Fundación Caja Madrid, una impresionante exposición sobre el arte de vanguardia y la Primera Guerra Mundial. Son cerca de 200 obras, de indudable peso en el discurso de la historia del arte del siglo XX, en las que se despliegan todas las reacciones posibles de esos artistas ante la idea, y luego la realidad, del primer gran conflicto internacional del siglo XX. Quienes antes –llamándose cubistas, futuristas, expresionistas o abstractos– habían creído que el único problema era fundar un lenguaje nuevo para el arte ahora –mejor dicho, desde 1914– tuvieron que adoptar una postura mucho más comprometida. Había empezado la Gran Guerra.
Javier Pérez Segura nos describe cuales fueron los pasos que siguieron los artistas hacia una nueva figuración. El cubismo, la gran apuesta conceptual del período anterior, lo dejó todo muy claro a partir de 1914. Sus principales miembros siguieron caminos divergentes: desde el cubismo sintético, que suponía el punto de partida común, Braque y Picasso caminaron hacia una cierta nueva figuración, de corte clasicista en ambos casos (las Canéforas de Braque y el viaje a Italia de Picasso, ambos de sobra conocidos). Frente al optimismo teñido de racionalidad que había exhibido Occidente en las décadas previas, ahora el absurdo de la realidad parecía convertirse en su única seña de identidad. Absurdo fue, por ejemplo, el final del grandilocuente futurismo italiano. Liderados desde su nacimiento oficial, en 1909, por un poeta simbolista como Marinetti, que soñaba ser un moderno condottiero de la cultura, los futuristas clamaron una y otra vez por el comienzo de una guerra que barriera todo lo que era conocido hasta entonces: el arte, la ciudad, la cultura, la civilización, incluso, la propia historia.
Dadaístas, cubistas, futuristas, todos se vieron arrastrados por la vorágine del siglo. |