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El viaje de Rembrandt

El Prado reúne por primera vez en España más de treinta obras emblemáticas del genio holandés, en una muestra que recorre todas las etapas de su arrolladora trayectoria, desde sus primeras composiciones manieristas a la libertad expresiva de sus atormentados últimos años.

 

El viaje de RembrandtAcoger a un artista importante en el buque-insignia de nuestros museos causa siempre una especial satisfacción. Recibir a Rembrandt es motivo de verdadero júbilo. El Prado, cuyas colecciones sólo poseen una obra del genial holandés (Artemisia, 1634), va a tener a partir del 15 de octubre la ocasión de exhibir una treintena de sus lienzos, así como ejemplares de excepcional calidad de cinco de sus mejores estampas.

Se trata de piezas procedentes de los mejores museos y colecciones del mundo, cuyos nombres hablan por sí solos: Rikjmuseum de Ámsterdam, Mauritshuis de La Haya, Louvre y Petit Palais de París, Metropolitan de Nueva York, National Gallery de Washington, Paul Getty de Los Ángeles, Ermitage de San Petersburgo, National Gallery de Londres, Alte Pinakothek de Munich, Gemäldegalerie de Berlín y Dresde, National Gallery de Dublín e Israel Museum de Jerusalén; además, de diversas colecciones particulares, Biblioteca Nacional Nacional de Madrid y, por supuesto, El Prado con su “Artemisia”.

Jaime Brihuega tiende un puente entre dos grandes figuras de la pintura universal, Rembrandt y Goya: el momento es idóneo, ya que el mágico resplandor de la pintura del holandés comienza a vislumbrarse, precisamente, cuando en las salas del museo todavía luce el penetrante universo visual de Goya. La asociación entre ambos artistas asalta al visitante sin que pueda evitarlo. Y es que hay muchas razones para ello.

Bastaría cotejar, por ejemplo, las largas series de autorretratos con que los dos pintores dejaron constancia de sus respectivas trayectorias vitales. Por si fuera poco, el cordón umbilical que venía uniendo a Goya con obras tan arraigadas en nuestra memoria como “El Coloso” (1808-1810) o “La lechera de Burdeos” (h. 1827) se ha resquebrajado. Se ha producido tal y como le ocurrió a Rembrandt con tantos otros cuadros famosos, sin ir más lejos, con el genial “Hombre del casco de oro” (1650).

El visitante se sentirá literalmente cautivo en el interior del aura que emana de todas y cada una de las obras reunidas en la exposición, obras de la talla de “David tocando el arpa ante Saúl” (1624-1630), “Jeremías lamentando la destrucción de Jerusalén” (1630), “El banquete de Baltasar” (h. 1635), “Sansón y Dalila” (1636), “El entierro de Cristo” (1636-1639), “Betsabé” (1654), o “Moisés con las Tablas de la Ley” (1659).





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