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Un limpiabotas parisino y su anónimo cliente son los dos primeros seres humanos cuya presencia, aún difusa, fue inmortalizada en una fotografía, una larga toma de casi media hora que efectuó Daguerre del Boulevard du Temple, en París, en 1839. Las dos figuras de contornos difuminados parecen los únicos habitantes de una urbe fantasmal, abandonada, donde hasta las sombras de los árboles son inquietantemente imprecisas. Poco más tarde, a partir de Niepce, cada avance en la lucha contra el tiempo serviría para dar precisión, definición y protagonismo al ser humano, que inmediatamente se convirtió en protagonista y actor del nuevo invento que revolucionó para siempre el mundo. Una azarosa historia que Arturo Arnalte nos desgrana en este artículo, desde el negativo hasta los últimos avances del píxel, desde el daguerrotipo hasta la tarjeta conectada.
Manuel Santos Alguacil se acerca a la invención de la fotografía a lo largo del primer tercio del siglo XIX como consecuencia directa de la fusión de una serie de tecnologías que permitieron el milagro de fijar una imagen de forma permanente. El proceso fotográfico requiere de un dispositivo óptico formador de imágenes a partir de la luz que reflejan los objetos. En su forma más elemental puede ser incluso una simple caja con un orificio muy pequeño, que proyectará en su interior la imagen invertida de la escena colocada ante él. Un principio ya descrito en 1558 por Giovanni Batista della Porta y que puede observarse fácilmente en una habitación con todas las ventanas cerradas, en la que se deje un pequeño agujero al exterior. |