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“Sol ardiente de Junio”, de Leighton.

Ideal estético y belleza voluptuosa se mezclan en esta composición forzada en un espacio cuadrado, donde el cuerpo femenino se comprime con un escorzo.

“Siempre me gustó este lienzo”, afirma Rafael López Guzmán, catedrático de Historia del arte de la Universidad de Granada. “Mis primeros contactos con la obra se realizaron de forma fortuita a través de la excesiva comercialización de su imagen en distintos soportes. En forma de cartel estuvo presente en mi habitación durante años de estudiante. Al margen de mis intereses profesionales y de investigación, esta pintura de Leighton presidía mis espacios más íntimos”.

A excepción de una línea de suelo en el primer plano, para ubicar a la modelo, y un paisaje mediterráneo de mar infinito en la zona superior, el resto está presidido por la mujer dormida: una especie de banco la acoge, y está cubierta por un amplio vestido de tonos anaranjados que se unifican con las formas femeninas y con la luz cálida del conjunto, lo que permite al pintor jugar con transparencias y pliegues de distinta cualidad, dejando entrever parte del cuerpo femenino en una posición incómoda y artificial, pero sensual, que alarga los miembros hasta el infinito en una difícil composición sinuosa y ovalada, pero relajada. Otras telas, con tonos verdes, y detalles de flores y de paisaje completan el cuadro, valorando el colorido sobre un sólido dibujo.

La luz dorada remite a una hora avanzada de la siesta. Ahora bien, aunque elaborado en Londres, su ubicación actual en el Museo de Ponce provoca la descontextualización y la adaptación a una escena caribeña en el momento de una ardiente puesta de sol, con el calor sofocante, húmedo, y el ensueño siempre posible en esas latitudes.

 

 

 





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