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Posiblemente haya pocas cosas más vivas que una naturaleza muerta de Picasso. El gran arquitecto, y también pintor, Le Corbusier llegó a asegurar que sus edificios se debían enteramente a la contemplación de un bodegón del artista malagueño, quien a su vez se extasiaba contemplando Corbeille d’oranges, una naturaleza muerta que Matisse había pintado en 1912.
En septiembre de 1900 Picasso viaja por primera vez a París, acompañado por su amigo Casagemas. En la capital francesa le deslumbra la encendida paleta de Van Gogh y, al tiempo que sus lienzos se pueblan de osadas escenas de cabaret, lleva a cabo en 1901 dos de sus primeras naturalezas muertas, unos búcaros –Nature morte (La desserte) y Vase de fleurs–, cuyas flores denotan ya una certera asimilación tanto del posimpresionismo de Gauguin como del atrevimiento compositivo de Toulouse-Lautrec.
La naturaleza muerta en sus múltiples variedades fue uno de los temas preferidos de los pintores cubistas, quienes incorporaron elementos tales como guitarras, pipas, naipes, copas, platos o fruteros, resueltos por medio de un colorido monocromático y generalmente apagado, para evitar así interferencias en el objetivo principal a obtener, la representación de los contenidos formales.
Tras la frutas de las Les Demoiselles d’Avignon, Picasso concede el protagonismo a este género en sus composiciones cubistas. Buena prueba de ello es la naturaleza muerta que realizó en el verano de 1910, con ocasión de una estancia en Cadaqués, para Saint-Matorel, el texto que su amigo Max Jacob había escrito, y que fue publicado en febrero de 1911. Los óleos titulados Le compotier, de 1910, y Les oiseaux morts, de 1912, ambos pertenecientes al Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, son, asimismo, claros ejemplos de esta faceta del cubismo picassiano.
Paloma Esteban Leal analiza en este número el tratamiento de las naturalezas muertas en la obra del malagueño, del que ahora el Museo Picasso de Barcelona acoge la exposición “Objetos vivos. Figura y naturaleza muerta en Picasso”. |