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Dejando aparte los retratos biográficos de pintores célebres hechos por el cine, probablemente sea Un americano en París la película más famosa y de mayor calidad que jamás se ha hecho sobre el arquetipo del pintor. ¿Arquetipo? Bueno, mejor podríamos hablar con claridad de tópico, de cliché norteamericano y popular sobre el sueño de gloria de un pintor cualquiera en la obligada escuela parisina de Montmartre.
No falta ninguno de los rasgos del imaginario colectivo sobre el pintor desconocido –que aprende y busca el reconocimiento en París– en el perfil de Jerry Mulligan, el protagonista. Vive en la orilla izquierda, en una buhardilla de Montmartre. Es pobre, pega sablazos para comer, pinta y vende sus cuadros en las aceras. Es feliz, sin embargo –y por supuesto–, con los amigos, el vino y las mujeres. Un colega pianista –del mismo cariz– le llama burlonamente “el joven Rembrandt”. Desea –también por supuesto– exponer en una gran galería y triunfar, pero siempre que haya conseguido una obra lo suficientemente “buena”, tarea a la que –cuando se vislumbra la ocasión– se entregará de forma “febril”. La película incluye comentarios igualmente tópicos sobre la pintura y el pintor. Este musical suntuoso y brillante que marcó un hito cinematográfico recupera ahora su máximo nivel cromático. Por Manuel Hidalgo.
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