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La tradición milenaria del Manga
Mezcla de folklore autóctono e influencia extranjera, el cómic japonés empieza a desnudar sus misterios al bárbaro ojo occidental. Grandes artistas como Hokusai sentaron sus bases.
Los trabajadores de “Shonen Magazine” –revista pionera en la difusión del manga en Japón– recibieron cierta noche de 1969 una visita muy peculiar. Pasaban las tres de la madrugada, cuando un caballero de mediana edad se presentó en la redacción. La extrema corrección y amabilidad es algo tan propio del carácter japonés que, a pesar de lo intempestivo de la hora, el editor fue a ver qué narices se le ofrecía a aquel sujeto. El hombre explicó que había llegado tarde a su quiosco y le había sido imposible comprar el último número. Tenía tantas ganas de ver cómo continuaba su serie favorita que pidió por favor que le vendieran un ejemplar. Hasta la corrección japonesa tiene un límite y, pensando que se trataba de un perturbado, se dispusieron a acompañarle fuera del edificio. Sin embargo, en ese momento alguien le reconoció y acudió atropelladamente, revista en mano y el espinazo doblado como una alcayata. Él sacó su cartera, pero le cortaron inmediatamente, aquello no era un quiosco sino una redacción, así que, en honor a la virtud, no podían cobrarle. Él agradeció el gesto, guardó la billetera y se despidió ceremoniosamente. El caballero en cuestión era Yukio Mishima, genio de las letras japonesas.
El manga o cómic japonés es una tradición extremadamente arraigada en la sociedad nipona, pero aun hoy resulta extraño a ojos occidentales ver a los grandes popes de la cultura japonesa citar sus mangas favoritos en entrevistas o biografías sin ningún pudor. Rafael de las Cuevas profundiza en este peculiar estilo de dibujo que llamó la atención de los impresionistas franceses y que tiene en las figuras de Katsushika Hokusai y Osamu Tezuka a sus más importantes impulsores.
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