|
No es John Brown sino su cuerpo, rígido como un péndulo sobre el abismo, el verdadero protagonista de un grabado de 1860 que hizo Paul Chenay a partir de un dibujo de su cuñado, el gran Victor Hugo. La imagen, que atrae de inmediato la mirada del visitante de esta exposición, sugiere una atmósfera nocturna, iluminada por contados rayos de luz, que invoca de inmediato un espacio íntimo que sólo puede remitir a Rembrandt. En esa imagen inesperada hay mucho más, claro. Por ejemplo, el contraste entre una apariencia serena, casi diríamos que clásica, y la brutalidad de lo que se narra tras ese andamiaje formal o, quizás, como consecuencia del mismo. Ni más ni menos que la muerte violenta del célebre abolicionista y su conversión simultánea en paisaje y en espectáculo. Modernidad en estado puro.
Esta obra figura entre las trescientas que conforman la exposición “Goya y el mundo moderno”, título que subraya la realidad de un artista que perteneció a un tiempo y un lugar concretos, que lo contempló, que intentó comprenderlo en toda su complejidad y que, en gran medida, contribuyó a darle ese intrincado aparato visual con que hoy la sociedad occidental suele identificar ese período... ese mundo. Javier Pérez Segura señala los paralelismos existentes entre las creaciones de artistas modernos de primer orden, como Manet, Van Gogh, Redon, Munch, Picasso, Miró, Masson, Dalí, Dubuffet, Giacometti, Bacon y Saura..., y la obra de Goya, que asentó las bases sobre las que se fueron construyendo los debates centrales del arte de los siglos XIX y XX. |