|
Con el deslizamiento de placas tectónicas de la Revolución Rusa, el viejo arte de la pintura sale a la superficie como rasgo singular de la cultura burguesa. Sólo un arte productivo, imbuido de los mecanismos, materiales y procesos de la producción industrial cabía en un proyecto socialista de arte para masas que artistizara la realidad, la calle misma. En este período se despliegan las carreras de Lyubov Popova y Alexander Rodchenko, la una truncada por la muerte, la otra por el cerrojo estalinista.
La vanguardia rusa de principios del XX es un conglomerado de movimientos afines, una suerte de reformulación del cubismo y el futurismo, recuperando ciertas tendencias más o menos atávicas del arte ruso como el plano y la viveza de los colores, ya incipiente en sus iconos religiosos. La potencia magnética de sus dos polos extremos, el suprematismo de Malevich y el constructivismo de Tatlin, dejaba en tenso equilibrio un panorama artístico. En 1921, Popova y Rodchenko ya habían dejado atrás su carrera de artistas convencionales y estaban entregados al servicio de la utopía del arte de masas. Un nuevo arte para una nueva época.
El camino que recorre esta exposición es el de la progresiva mutación de sus obras en objetos: diseños textiles, escenografías teatrales, muebles, carteles publicitarios y un largo etcétera. Francisco J. R. Chaparro ahonda en las principales características de la producción de estos dos creadores, figuras esenciales en la definición del Constructivismo ruso. |