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Para comprender la pintura de Bacon, sus cuerpos amorfos, desgarrados, convulsos y confusos, caóticos y potentes, es fundamental entenderle a él mismo. Su padre lo expulsó de su casa a los 16 años, al conocer sus tendencias homosexuales. Padecía asma crónica y sus estudios fueron irregulares, aunque llegó a tomar lecciones de dibujo en la escuela de St. Martin en Londres.
En 1927 se fue a Berlín, donde trabajó como decorador de interiores y comenzó su trayectoria como pintor. Era la capital del expresionismo surgido al hilo de la guerra, lo que después los nazis llamarían “arte degenerado”, que es la raíz de Bacon, a quien debieron seducirle pintores como Dix, Grosz, Kirchner… Bacon transformaría los ángulos en curvas, pero el sentido primero de la descomposición de la figura humana procede de los expresionistas alemanes. En realidad él no hará sino crear y perfeccionar un expresionismo nuevo, menos crítico socialmente pero más hondo en la mirada a un ser humano hecho, como en Shakespeare, de ruido y furia.
En 1928, en París, descubre a Picasso, a quien citará como la influencia que le impulsó a pintar. Bacon regresó a Londres en 1929, empezó entonces a pintar al óleo seriamente, aunque al inicio no tuvo ningún éxito. Al cumplir 35 años –en 1944– rompió los lienzos anteriores que conservaba (y que no hallaron ni mercado ni respuesta) y empezó a pintar lo que será el Bacon que conocemos.
Luis Antonio de Villena profundiza en la trayectoria vital y profesional del artista, Juan Ignacio Samperio Iturralde rastrea la presencia de su producción en las colecciones públicas y privadas españolas y, finalmente, Bernardí Roig ofrece una singular visión del proceso de creación de sus obras. |