|
Van Gogh atribuía gran importancia no sólo a la compleja riqueza de tonos que hallaba en los atardeceres y la noche, sino a su propia actividad creativa tras la puesta del sol. En ello influía tanto el reto artístico, como el fuerte componente espiritual que bullía en la mente de un pintor muy creyente, con una agitada –casi mística – vida interior. Para el muy religioso artista, los campesinos eran las personas que llevaban una vida más acorde a la naturaleza y los ciclos de renovación de la vida, un ritmo más puro y en contacto con los valores esenciales de la existencia. Y para él, el momento clave en el discurrir de la vida campesina era el crepúsculo, la hora de dar por concluida la tarea y regresar al calor de la lumbre. El atardecer, la noche y los interiores iluminados de forma artificial se convirtieron así en temas que Van Gogh frecuentó y mimó en su pintura. Noche campesina, como símbolo de la vida pura, pero también escenas urbanas, sórdidos cafés, terrazas iluminadas que lanzan su reclamo al paseante. Pero aún hay una tercera noche para Van Gogh, la del firmamento cubierto de estrellas que se le antojan brillantes como las ideas y enigmáticos destinos para el alma en el Más Allá. La combinación de estas tres posibilidades pictóricas da cuerpo a la muestra “Van Gogh y los colores de la noche” que abre sus puertas este mes en el Museo Van Gogh, en Ámsterdam. Arturo Arnalte describe las razones de la fascinación del artista por la noche y el contenido de la exposición.
|