|
El Futurismo nació en un charco. En un frío y sucio charco de los arrabales de Milán hace ahora un siglo. Fue consecuencia del accidente automovilístico sufrido por el joven poeta Filippo Tommaso Marinetti, tras una noche de embriaguez y velocidad temeraria. Un accidente de consecuencias imprevisibles, pues trocaría el último aliento del romanticismo europeo en una serie de ideologías que conducirían al fascismo.
Sucedió una madrugada de octubre, en 1908. Marinetti conducía su potente máquina, a sus ojos más hermosa que la “Victoria de Samotracia”, cuando se le cruzaron dos ciclistas. Viró hasta el profundo arcén, donde quedó incrustado el auto, saliendo despedido al encuentro de la pila bautismal. Indemne, decidió publicar un manifiesto enérgico, violento, radical, que encabezaría el movimiento espiritual abanderado de las vanguardias. Fue un bautizo sin nombre, pues Marinetti quería apelar al “electricismo” antes de descubrir una reseña de Unamuno en un periódico francés. El pensador español citaba un ensayo de Gabriel Alomar, titulado “El futurismo”; y aunque es difícil demostrarlo, Marinetti se decantó por tan seductor concepto. Era el 20 de febrero de 1909. Ahora, Milán se apresta a celebrar el centenario del Futurismo con una traca de actividades lúdico culturales y cierto aroma de parque temático. Y, como es de recibo, se celebrarán tres grandes exposiciones: “Futurismo 1909-2009. Velocidad + Arte + Acción”, “F. T. Marinetti = Futurismo” y “Futurismo 100-Simultaneidad”. Ricard Mas Peinado explica el origen y desarrollo del movimiento fijándose en las singulares aportaciones de los artistas. |