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José María Rodríguez Acosta, además de unas dotes y una práctica excepcionales como pintor, tenía un elegante sentido del decoro y erigió el estudio que su alta consideración personal, sus modelos vitales y la propia autoestima basada en la calidad de su obra le exigían. Un bellísimo proyecto urbanístico de claro regusto italianizante, muerto nonato, como tantos impulsos se abortan en Granada, proponía el ornato doméstico del ribazo derecho del Genil, hoy lamentable arrabal sin gracia, al que se unía un tratamiento más amplio de laderas y yermos collados, del que sólo pervive, y cuán empobrecida, la Quinta Alegre.
A la hora convenida se abre la puerta, se asciende por la escalera de caracol que promete plenitudes de arte en el primer descanso, plenitud de paisaje o vértigo en el segundo, te acoge Miguel, y llegas.
Lo primero que te salta a la vista es un desnudo femenino impecable, recortado en noche. Tiene la figura un halo de cansancio, como si la piel trasluciera ligeros abatimientos del alma. Cuelgan de la pared, con plenitud de respeto, lo cuadros del fundador. Los del sobrino cubren el suelo, se erigen en caballete, se apoyan en las paredes, se ofrecen tendidos como los restos de una lluvia de estrellas. El estudio es grande, muy grande, alto, muy alto, muy profundo, lleno, abigarrado hasta donde alcanza la mano, limpio desde los tres metros hacia arriba, inexplicablemente cerrado a toda luz que no sea la de oriente.
El amplio ventanal abre hacia una Alhambra anulada en gran parte por la hermosa piedra renacentista con que se afirma, ordenadas y abscisas almohadilladas que sostienen una sola curva de esplendor, el fulgor renacentista del palacio de Carlos V. Por Antonio Carvajal. |