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La filmografía del cine surrealista queda opacada por la fuerte personalidad de su más persistente cultivador, Luis Buñuel, que hace olvidar –en un primer toque de memoria– las experiencias cinematográficas de René Clair, Man Ray, Jean Epstein, Germaine Dulac y otros. Si nos descuidamos, uno de los cineastas que se escurre por los vericuetos del recuerdo es nada menos que Jean Cocteau, lo cual puede deberse a varias razones: el comisariado surrealista rechazó a Cocteau; Cocteau, a lo largo de su fértil vida creativa, transitó por ismos diversos; Cocteau fue versátil escritor –poeta, dramaturgo, novelista– y también pintor, y sus películas corren el riesgo de ser empujadas hacia los márgenes de su intensa actividad artística, y, por último, Cocteau –a diferencia de Buñuel– rara vez conquistó el favor de públicos suficientemente amplios. Fue, además, un cineasta muy valioso, dotado de un gran sentido estético para el encuadre y la puesta en escena, cultivador de un cine de poética muy pura y –aunque pueda parecer lo contrario– muy sencilla, tal y como explica Manuel Hidalgo a propósito de la película “El testamento de Orfeo”, dirigida e interpretada, entre otros, por el propio Cocteau.
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