Que los monarcas hispanos tuvieran el arrojo de comprender que, salvo destacadísimas excepciones, España nunca fue país de grandes pintores. Que, por ello, echaran su mirada y “sus” dineros más allá de las circunstanciales fronteras españolas para contratar los servicios de los más afamados artistas foráneos o para adquirir las mejores de sus obras, fue según José Riello, lo que a la larga hizo del Prado la excepcional morada de la pintura que es hoy. El grueso de sus colecciones provienen de las que, en su día, pertenecieron a los reyes españoles, a las que después se sumaron las procedentes del Museo de la Trinidad y, por tanto, de las desamortizaciones de bienes eclesiásticos que tan bien conocía el malhadado José Álvarez Lopera, y de destacados legados como los de Pablo Bosch, Pedro Fernández Durán y Francisco Cambó, entre otros. Justamente, ese origen fue el que confirió al Prado su genuino carácter, nacido de la pasión que Isabel la Católica heredó de su padre Juan II por la pintura flamenca; la que, aun con finalidades distintas, compartieron Carlos V y Felipe II por la pintura de Tiziano; y la del segundo por las chucherías de El Bosco; la que Felipe IV tuvo por Rubens y por Velázquez; la de Isabel de Farnesio por la pintura de su Italia natal o por la de Murillo; la de su esposo, Felipe V, por la de Francia y la de Carlos IV por Goya.
Con la “Guía del Museo del Prado”, “Descubrir el Arte” pone a disposición de sus visitantes un instrumento esencial para comprender las obras más notables de las distintas colecciones. A partir de este mes de abril, la revista ofrecerá a sus lectores esta una nueva colección, patrocinada por Telefónica, compuesta por seis libros encuadernados en rústica e impresos en papel estucado semi-mate, con el fin de lograr la mayor fidelidad y una cuidada calidad en la reproducción de las más de 400 imágenes que la ilustrarán. . |