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A lo largo del siglo XVII, durante las monarquías de los llamados Austrias menores, la crisis económica, política y social de los Reinos Hispánicos va a coincidir paradójicamente con grandes realizaciones artísticas. Figuras como Velázquez, Murillo o los hermanos Churriguera en las artes plásticas, o aquellas otras de la literatura como Cervantes, Quevedo y Góngora, pondrán nombre propio a un tiempo que será denominado el Siglo de Oro. Este brillante período también se manifestará en la escultura de motivos religiosos, favoreciendo una de las manifestaciones más características de la cultura española: la Semana Santa.
El cariz religioso de la producción escultórica del siglo se debió en buena medida a un cambio que se enmarcaba en la propia crisis del Estado. Los encargos de las obras van a pasar de manos nobiliarias y reales -principales comitentes anteriores- a colectivos de individuos motivados principalmente por fines piadosos. Esta clientela demandará imágenes devocionales que, aún hoy, procesionan por las calles, dotando los escultores a sus composiciones de un potente carácter dramático y sacro ajeno a cualquier atisbo de clasicismo pagano. Víctor Bonilla profundiza en las directrices establecidas en el Concilio de Trento, que señalaba entre otras cosas cómo se habían de vestir y aderezar las imágenes, en las diferencias entre las dos escuelas clásicas de la escultura española del siglo XVII: la castellana y la andaluza, los diversos artistas y sus más destacadas obras. |