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“En el terreno de lo irreal y del sueño”, dice André Chastel que se desenvuelven esos prodigios ornamentales que los discípulos de Rafael pintaron, bajo su dirección, en las paredes del segundo piso de las llamadas Logias del Vaticano y que, en la época y para siempre, se llamaron “grutescos”.
Se trasluce del programa iconográfico de la llamada “Biblia de Rafael”, para el que el artista debió de contar con algún experto teólogo como asesor iconográfico, una visión feliz y bastante diferente de la historia que Miguel Ángel había contado unos años antes en la vecina Capilla Sixtina; lo que allí es drama histórico, aquí es feliz consecución de la gracia divina.
Es por ello que, en la elección de los episodios narrados, se eliminaron los momentos especialmente negativos y se ponderaron aquellos en que los héroes bíblicos quedaban elevados a la categoría de campeones de la virtud. De algún modo, el tono edificante que podía derivarse de una lectura conjunta de todos los episodios planteaba un retorno a las fuentes del cristianismo primitivo, más acorde con la lectura del Evangelio y, por tanto, menos dependiente de los caprichos de la liturgia, harto vanidosa en los años anteriores al pontificado de León X. José Riello analiza este proyecto, sus circunstancias históricas, así como sus influencias, los problemas técnicos y las soluciones que les hallaron Rafael y los miembros de su taller. |