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Visiones del universo

Por Montserrat Villar-Martín

Desde hace miles de años el ser humano ha mirado hacia las estrellas por razones muy diversas. Allí ha colocado el hogar de sus dioses y plasmado sus mitos. En ellas ha buscado señales de augurios sobre lo que va a acontecer y ha encontrado un método para orientarse en sus viajes.

 

La creencia de que todo lo que sucede en la Tierra está escrito en el cielo y el hecho de que fenómenos astronómicos como el día, la noche y las estaciones hayan marcado siempre nuestra forma de vida, han hecho que el ser humano haya querido comprender el Universo desde tiempos inmemoriales. La Astronomía, por tanto, ha sido parte intrínseca de todas las culturas y ello ha quedado patente en las expresiones artísticas de diferentes épocas y lugares.

La forma en que los fenómenos astronómicos han sido plasmados en el arte es a menudo un fiel reflejo de las creencias religiosas, la cultura y la forma de vida de aquellas sociedades. Dependiendo de todo ello, así ha sido su manera de apreciar el Universo. De este modo se explica que en diferentes culturas el mismo fenómeno (por ejemplo, un eclipse de Sol) se haya representado de maneras muy distintas. En particular, en los últimos siglos el avance del conocimiento científico y de nuestra comprensión del Universo ha cambiado radicalmente la forma en que lo concebimos y en que valoramos nuestro lugar en él. Todo ello ha quedado patente en el arte, como se muestra aquí con algunos ejemplos.

La Tierra en el Universo

 La posición que la Tierra y por tanto el ser humano ocupan en el Universo, han sido temas centrales en filosofía, religión y ciencia a lo largo de milenios. Como consecuencia, también lo han sido en el arte. Ha habido dos modelos fundamentales (pero no los únicos) que han dominado según la época y el lugar. El modelo geocéntrico postula que la Tierra ocupa el centro del Universo. Fue propuesto por Ptolomeo en el s. II d.c., heredando las ideas que Platón y Aristóteles defendieron varios siglos antes. Copérnico (1473-1573) propuso el modelo heliocéntrico según el cual el Sol ocupa el centro del Universo. Así recuperó las ideas olvidadas de Aristarco de Samos (310-230 a.C.). Aunque hoy sabemos que ni uno ni otro son válidos, el modelo heliocéntrico supuso un paso de gigante no sólo científico, sino también filosófico, ya que destronaba al ser humano de su posición privilegiada en el centro del Universo.

Este cambio de visión ha quedado patente en numerosas obras de arte. Aquí se muestran dos representaciones del Universo integradas en dos libros publicados en 1493 y 1660 respectivamente: “Crónicas del Mundo” de Hartman Schedel (Alemania, 1440-1514), un libro incunable sobre la historia del mundo; y “Harmonia Macrocosmica” de Andreas Cellarius (Alemania/Holanda, 1596-1665), una recopilación de los mapas del cielo más bellos de su tiempo. En ambos dibujos (Fig. 1) el Universo se presenta como una serie de capas esféricas concéntricas siguiendo las ideas aristotélicas, cada una ocupada por uno de los planetas conocidos entonces. Schedel adopta un modelo geocéntrico (Fig. 1, izqda), mientras que Cellarius representa un Universo heliocéntrico (Fig. 1, derecha).

Figura 1. Representación del Universo según el modelo geocéntrico (izqda., dibujo publicado en las Crónicas del Mundo, Hartman Schedel, Alemania/Holanda, 1493) y según el modelo heliocéntrico (derecha, dibujo publicado en Harmonia Macrocosmica, Andreas Cellarius, Alemania, 1661).

La Vía Láctea

 La Vía Láctea, nuestra galaxia, se aprecia en una noche estrellada como una banda difusa y blanquecina que cruza la bóveda celeste. Dicha banda ha sido representada con diferentes motivaciones en el arte.

Ramsés VI reinó en Egipto entre 1143 y 1136 a.C. aproximadamente. Su tumba en el Valle de los Reyes está profusamente decorada. Entre las pinturas encontradas se hallan representaciones de Nut, la diosa del Cielo. Curiosamente, algunos expertos han propuesto que dicha diosa se identificaba con la Vía Láctea. Esta hipótesis se basa en la aparente similitud entre la forma del cuerpo arqueado de la diosa y la de la propia Vía Láctea en un cierto sector del cielo. De ser así, estos dibujos constituirían quizás la representación artística más antigua de la Vía Láctea.

Fig. 2 Fotografía de los dibujos de la diosa Nut en el techo de una de las dependencias de la tumba de Ramses VI (rey de Egipto desde 1143 a 1136 a.C.).

En la mitología romana la Vía Láctea surgió en una ocasión en que Juno, la reina del Olimpo, amamantaba a Hércules. La diosa se quedó dormida y al despertar sobresaltada porque Hércules sorbió con demasiada fuerza, la leche se derramó hacia el cielo dando lugar a la Vía Láctea. Este mito lo representa el pintor italiano Tintoretto (1518-1594) en su obra “El Origen de la Vía Láctea” (Fig. 3). Del pecho de la diosa nacen líneas blancas terminadas en estrellas que simbolizan la Vía Láctea.

Fig. 3: El Origen de la Vía Láctea (Jacopo Tintoretto, Italia, 1575)

La primera representación realista de la Vía Láctea en una obra de arte aparece en el cuadro “Huída a Egipto” (Fig. 4) del pintor alemán Adam Elsheimer (1578-1610). En él se aprecia la banda de nuestra galaxia resuelta en innumerables estrellas individuales. Este cuadro se realizó en 1609, el mismo año en que Galileo Galilei descubrió que esa banda blanquecina que cruza el cielo está formada por incontables estrellas, como Elsheimer representa en su obra. Esto ha suscitado un interesante debate sobre si el artista conocía los descubrimientos de Galileo.

Fig. 4. Huída a Egipto (Adam Elsheimer, Alemania, 1609)

Los cometas

 Los cometas, como los eclipses de Sol, han inspirado terror hasta recientemente en muchas culturas, pues se consideraban portadores o mensajeros de grandes desgracias. Tal era el caso de la antigua civilización China. En la Figura 5 se muestra un fragmento de los manuscritos de Mawangdui descubiertos en China en 1973 y realizados en seda hace unos veintidós siglos. Están dedicados a la medicina, la literatura, la astronomía, etc. Contienen lo que se ha considerado el primer atlas de cometas. En el fragmento de la figura se muestran dibujos y textos que representan y describen la forma de varios cometas y los desastres que pronosticaban, diferentes dependiendo de su aspecto.

Fig. 5. Fragmento de los manuscritos de Magwandi realizados en seda hace unos veintidós siglos en China

Fig. 6: La Adoración de los Reyes Magos (Giotto di Bondone, Italia, 1304).

En “La Adoración de los Reyes Magos” (Giotto di Bondone, Italia, 1266/1267?-1337), el artista representa sobre el pesebre la Estrella de Belén (Fig. 6). En la iconografía cristiana es la guía que condujo a los Reyes hasta el lugar del nacimiento de Jesús. Tiene forma de cometa (con cabeza y cola) y por ello a menudo se ha especulado sobre la posibilidad de que éste fuera el cometa Halley, que posiblemente Giotto vio en 1301.

Muy diferente es el significado del cometa representado en el cuadro “Pegwell Bay, Kent – Recuerdo del 5 de Octubre de 1858” del artista británico William Dyce (1806-1864) (Fig. 7). El cometa Donati aparece en el cielo de la tarde. Pasa inadvertido para la familia del artista que éste ha representado buscando conchas en la playa plácidamente. Ya no es símbolo de desgracias venideras ni tiene connotaciones religiosas, sino que inspira belleza y sugiere que la vida humana es efímera.

Fig. 7. Pegwell Bay, Kent – Recuerdo del 5 de Octubre de 1858 (William Dyce, Escocia, 1858-1860)

La Luna

 La Luna es un buen ejemplo de cómo la ciencia ha influido en la forma de representar los objetos celestes en el arte. A menudo ha sido un elemento más del paisaje que impregna la escena con un toque melancólico. Este es el caso de la obra “Cristo Resucitado” de Bramantino (aprox. 1460-1536, Fig. 8; ver también Fig. 4). En la Luna parecen apreciarse los llamados “mares”. Aunque su nombre sugiere lo contrario, no contienen agua. Se trata de grandes planicies oscuras que reflejan menos luz solar que zonas más elevadas. Ese contraste de zonas claras y oscuras que el artista ha plasmado en su obra, se puede apreciar en la Luna a simple vista.

Fig. 8: Cristo resucitado (Bramantino, Italia, 1490)

La Luna es un elemento integral en cualquier representación artística de la Virgen Inmaculada, pues se ajusta a la descripción que aparece en el libro del Apocalipsis (12,1). Su superficie se representa siempre lisa, suave, de acuerdo con las creencias de la época según las cuales la Luna, como los planetas, es una esfera perfecta. En 1609, hace 400 años, el gran astrónomo italiano Galileo Galilei observó por primera vez nuestro satélite a través de un telescopio y vio que, por el contrario, su superficie es irregular, pues presenta cráteres y montañas.

En la Fig. 9 se muestra el fresco de la Virgen Inmaculada que el artista italiano Cigoli (1559-1613) realizó en 1612 en el techo de la Capilla Paulina de la Basílica de Santa Maria Maggiore en Roma. La superficie de la Luna aparece plagada de cráteres. Esta obra fue realizada dos años después de que Galileo, amigo del artista, publicara su obra Sidereus Nuncius (1610), el primer tratado científico basado en observaciones astronómicas realizadas con un telescopio, donde publicó sus dibujos de la Luna. Es posible que Cigoli se inspirara en dichos dibujos.

Fig. 9: Virgen Inmaculada (Cigoli, Italia, 1612)

Hoy en día la imaginación de los artistas vuela muy lejos a menudo inspirados por los avances científicos. Así lo demuestra la obra “Un cierto eclipse lunar. Proyecto para la Humanidad Nº 2” del artista chino Cai Guo Qiang (1957) (Fig. 10). En ella la Luna aparece en primer plano y la Tierra se aprecia en la distancia. El artista se inspiró en imágenes de nuestro planeta tomadas desde la Luna. Con esta obra, Cai Guo Qiang propone un proyecto espectacular consistente en detonar en la Luna una línea de fusibles y pólvora que adopta la forma de la Gran Muralla china, para que sea contemplado por los seres humanos en nuestro planeta.

Fig. 10. Un cierto eclipse lunar. Proyecto para la Humanidad Nº 2 (Cai Guo-Qiang, China, 1991)

La figura del astrónomo en el arte

 La figura del astrónomo ha sido representada a menudo en el arte. Una de las obras más conocidas es “El Astrónomo” del pintor holandés Johannes Vermeer (1632-1675) (Fig. 11). El astrónomo se vale para sus estudios de un globo de Jodocus Hondius, con complejas representaciones de varias constelaciones. Solía venderse en pareja con un globo terrestre. Uno de éstos aparece representado en el cuadro “El Geógrafo” del mismo artista.

Fig. 11. El Astrónomo (Johannes Vermeer, Países Bajos, 1668)

Muchos científicos han sido protagonistas de obras de arte, en ocasiones como reconocimiento al legado imborrable que dejaron con su trabajo. Este es el caso del gran físico y matemático inglés Isaac Newton (1642/3-1727) que, entre otras cosas, al enunciar la ley de la gravedad sentó las bases para que llegáramos a comprender por qué los planetas se mueven como la hacen. El poeta, pintor y grabador inglés William Blake (1757-1827) representa al científico en su obra “Newton” como un geómetra divino (Fig. 12). El compás, a través de los siglos, se ha utilizado frecuentemente como símbolo de la creación.

Fig. 12. Newton (William Blake, Inglaterra, 1795)

Como muestran estos ejemplos, filosofía, religión y ciencia han determinado nuestra forma de percibir el Universo a lo largo de lo siglos en culturas muy distintas. Por encima de revelaciones científicas y creencias religiosas, el Universo jamás dejará de fascinar al ser humano. Manuscritos iluminados, dibujos en seda, óleos sobre lienzo, grandes eventos explosivos: arte y astronomía seguirán entrelazados para mostrar dicha fascinación.

(Versión íntegra del artículo publicado por la autora en el número 123 de Descubrir el Arte)





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