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Como el mundo es un lugar paradójico, y el mundo del arte todavía un poco más, sobre Joaquín Sorolla y Bastida, pintor de cuadros de una vitalidad contagiosa, que gozó en vida de un amplio reconocimiento oficial y del aprecio del público, pesó simultáneamente una valoración negativa por parte de muchos de sus colegas y, después, una enconada relativización de sus méritos a cargo de la crítica reciente.
Eso, por no entrar en la esfera de lo personal, donde también se cuestionaron sus posiciones políticas (el paso de un discreto republicanismo a una innegable simpatía por Alfonso XIII) y un supuesto carácter mezquino, que tal vez es el de quienes se lo atribuían (Baroja tomaba por tacañería lo que era amabilidad del pintor: “Él mismo [Sorolla] me ponía azúcar en la taza para que no cogiera yo demasiado…”). No tiene sentido ahora analizar la cuestión política, incluida la doméstica, pero sí lo tiene revisar su proyecto artístico, que tuvo una presencia determinante en el arte español del tránsito del siglo XIX al XX, y que alcanzó una asombrosa proyección internacional, sin parangón con ningún otro pintor español de su tiempo.
Esta exposición, la más amplia que se le ha dedicado al pintor hasta la fecha, tiene como objetivo, en palabras de sus comisarios José Luis Díez y Javier Barón, “colocar a Sorolla en el lugar que le corresponde, reivindicando la singularidad de su obra en el contexto de su época y la coherencia de su trayectoria”. José María Parreño profundiza en la figura de Sorolla y en su obra, deteniéndose en la célebre serie de “Las Provincias de España”, que se traslada a nuestro país por primera (y última vez) coincidiendo con la reforma de la Hispanic Society de Nueva York.
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