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Mir, color y basta

Convencido de que la pintura no era una cuestión de teorías sino la materialización de una visión profunda, llevó el paisaje a su última evolución. Una antológica itinerante desvela ahora su gran fuerza creadora.

 

Mir, color y bastaJoaquim Mir es uno de los artistas más singulares del panorama artístico español de finales del siglo XIX y principios del XX. Su singularidad se construye y se sustenta a través de la leyenda en torno a su persona y a través de su independencia total respecto a grupos culturales artísticos y a los estilos y movimientos que surgieron a lo largo de su vida, singularidad que se sustenta en las aportaciones que él realizó a nivel plástico. Si de Rusiñol se contaban episodios chocantes, de Mir se subrayaba su rareza personal. Jamás sintió atracción por viajar al extranjero. Frecuentar el cenáculo modernista de Els Quatre Gats fue el único contacto que tuvo con tertulias en su vida: su individualismo y su nula propensión a las teorías le mantuvieron en una posición marginal respecto al mundo o el ambiente artístico. Con sus amigos habituales –Isidre Nonell, Ramón Pichot, Juli Vallmitjana, Adrià Gual y Ricard Canals– buscó temas contrapuestos a los oficiales academicistas lo que les llevó a ser etiquetados como “El grupo del azafrán”. En esta etapa barcelonesa de formación realizó “La catedral dels pobres”, obra esencial del realismo social catalán. En 1900 marchó a Mallorca, donde pasó cuatro años clave tanto a nivel personal como profesional. Fue tiempo de búsqueda de su propio lenguaje, comprendiendo que el tema era secundario en la pintura y que lo único que contaba respecto a un pintor era cómo pintaba. Con la supremacía del color sobre el tema, Mir se acercó a la abstracción de manera intuitiva. Su gran aportación a la pintura fue llevar el paisaje a su última evolución, tal y como explica Francesc Miralles a propósito de la antológica sobre el pintor en el Museo de Bellas Artes de Bilbao.





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