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La decimocuarta exposición de la Secession Vienesa, celebrada en 1902, estuvo dedicada a la figura de Beethoven. Cada muestra de la Secession era concebida como una suerte de “obra de arte total” en la que los diferentes artistas participantes ponían el fruto de su trabajo al servicio del conjunto conceptual y estético. Con esta exposición se buscaba rendir tributo al genio romántico, que luchó contra la sordera y la ruina económica para sacar adelante su obra en beneficio de la humanidad. La misma Secession hacía apología del poder revolucionario del arte a través de la renovación estética. Gustav Klimt fue el referente fundamental del movimiento. Miembro fundador y primer presidente de la sociedad, Klimt inició su carrera como pintor realizando una obra convencional de corte historicista académico. Pero, a mediados de la década de 1890, con poco más de treinta años, este estilismo le agota y comienza a desarrollar el estilo personal que caracterizaría su obra. El Klimt del cambio de siglo nos lleva con su pintura a un mundo lírico y perturbador, en el que el deseo y la voluptuosidad, casi siempre encarnados en figuras femeninas, someten a la razón civilizadora. Una pintura escandalosa para su tiempo que marcaría el carácter revolucionario de la Secession. En la zona superior de los muros de la sala que abría el recorrido de la exposición de 1902, introduciendo a la visión tardoromántica que se ofrecía de Beethoven, podía admirarse un imponente friso pintado al fresco por Klimt: dos paneles de más de catorce metros de largo y un tercero de seis metros y cuarenta centímetros. La pintura pretende plasmar en imágenes la temática de la “Novena Sinfonía”. Conocida como el “Friso Beethoven”, es una oda a las pasiones humanas, como cuenta German Huici, que analiza su simbología y repercusión en la época.
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