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A lo largo de la historia, los gremios plateros embellecieron el vaso sagrado de acuerdo con las mejores técnicas y materiales y según los sucesivos estilos artísticos. Los primeros cálices de plata de la Península se realizaron en el período gótico del siglo XIV. Un ejemplo es el Cáliz de Barcelona (1380). Este estilo perduró hasta bien entrado el siglo XVI, cuando fue evolucionando a motivos y tipologías renacentistas de origen italiano. Similar a la tipología del cáliz es la del copón, diferenciándose por la tapa rematada en cruz, como recipiente para reservar las formas consagradas dentro del sagrario. El copón del círculo de la familia Krug, realizado en Nuremberg hacia 1530, es uno de los ejemplos más bellos. En 1557, el platero Gómez de Medina realiza la cruz procesional, otro ornamento litúrgico importante, para la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Palencia. Por otra parte, un magnífico ejemplo de ostensorio es la Custodia de los artífices Juan de Arfe y Cerdeño de la Catedral de Burgo de Osma. La llegada de la dinastía borbónica de Felipe V trae toda una influencia francesa a la Corte madrileña, cambiando los modelos. Desde mediados de siglo XVIII, el estilo rococó se extiende incontenible. Uno de los más bellos objetos litúrgicos conservados es el portaviático en forma de pelícano de Damián de Castro (1716-1793), donado por los duques de Medinaceli a su colegiata. A finales del XVIII, con la inauguración de la Real Fábrica de Platería por Carlos III, comienza a cultivarse el estilo neoclásico que, junto a desarrollos posteriores como el estilo Imperio, perdura como tipología hasta los años 50 del siglo XX. Kristian Leahy recorre la evolución estilística de los objetos litúrgicos mientras que Elena Pita habla con los creadores Javier Pérez y Alberto Corazón sobre sus respectivas propuestas para la Catedral de Burgos.
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