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Siempre que se piensa en Henri Matisse, uno de los mayores genios de la pintura moderna, se suele pensar en clave fauve, en clave primeras dos décadas del siglo, en clave “Luxe, calme, volupté” –un título que le pidió prestado a Charles Baudelaire, el inventor de la modernidad en poesía – o “Porte-fenêtre à Coilloure”. O se piensa en el final, en sus deslumbrantes “papiers découpés”, en su capilla de Vence. Y, sin embargo Matisse, como cualquier otro creador importante, es muchos más años, muchos más ámbitos, muchos más recovecos. Y hay unas décadas, los veinte y los treinta, las de su madurez como creador, que han sido consideradas por la crítica y la historiografía más ortodoxa como más endebles, más blandas, más convencionales. Juan Manuel Bonet reivindica, frente a tal tópico, a “todo Matisse”, y dentro de ese todo Matisse, el período de Niza, del que se ocupa esta muestra del Museo Thyssen-Bornemisza, titulada “Matisse: 1917-1941”. Bonet, asimismo, bajo el sugerente epígrafe de “Una sombra alargada y luminosa” estudia la influencia que el pintor francés tuvo sobre muchos otros artistas tanto de su generación como de las siguientes, llegando incluso a las actuales, en un interés que se renueva continuamente en todo el mundo desde hace ya un siglo. Entre ellos, por citar sólo a algunos, Pablo Picasso –su amigo y eterno rival-, Josep Mompou, Francisco Bores, Francisco Iturrino, André Masson, Milton Avery, Mark Rothko, Ellsworth Kelly, Robert Motherwell, Frank Stella, Richard Turtle, José Guerrero y Juan Navarro Baldeberg.
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