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La paranoia revolucionaria de finales de los 70 llevaba desde el principio todas las de perder. El enemigo al que se enfrentaba no era un fenómeno concreto, sino un fantasma idealizado y multiforme llamado, autoridad. Por eso las piedras atravesaban su ectoplasma abstracto sin hacerle el menor daño. La rebelión constituía en último término un pronunciamiento estético frente a la insoportable idea de autoridad. El Estado, la Iglesia, la universidad eran algunos de los estamentos participantes de la autoridad como concepto general, rígidas arquitecturas de un sistema opresivo y demás monsergas ideológicas. En el mundo del arte, este horror por la autoridad sigue bien latente. Los curadores simulan ceder su autoridad a una pretendida representatividad en diálogo, hija del multiculturalismo ilustrado. La autoridad académica, cuya ópera magna es la Historia del Arte entendida como una relación histórica entre contenidos, es rechazada. Por último, se cuestiona el papel de las obras, esos objetos molestos que satisfacen los impulsos fetichistas de la autoridad. Ahora que esa generación está jubilando sus sillones de cuero, llega la noticia de los nuevos planes del Reina Sofía, de su enésima renovación museográfica. El museo que siempre parece estar a punto de completar así el proceso de regeneración que empezó con la elección de Manuel Borja-Villel como director a fines de 2007. Aquí vemos el primer fruto de ese ambicioso proyecto, en espera del juicio implacable del futuro. Francisco J.R. Chaparro presenta la nueva museografía del centro bajo una perspectiva crítica, partiendo de la polvareda que ha levantado la inclusión del “goyas” y “sorollas” en la colección y fijándose, sobre todo, en el sistema de micronarraciones con que se compartimenta el recorrido.
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