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Mark Rothko siempre quiso ser sacerdote o, como él mismo confesó a la mujer de su amigo John Fischer, un profeta. Esta tendencia religiosa debió de acentuarse cuando, en 1925, decidió apuntarse a las clases que Max Weber daba en la Art Students League de Nueva York, pues éste atribuía al artista un papel profético, precisamente, y ahí es nada, consideraba el arte más una revelación que una representación. Quizá Rothko se acordó de las doctrinas de su profesor cuando contestó a la mujer de Fischer, que sentía ante sus cuadros “una sensación de magia y ritual cercana a lo religioso”, que no se consideraba un místico pero sí un profeta, y no uno cualquiera, pues no vaticinaba “las desgracias por venir” sino que pintaba “las que ya están aquí”. Pero todas las desgracias, sean pasadas, presentes o futuras, son cuestiones que no convienen a la experiencia gozosa de la comida… y era a comer a lo que se iba, de poder, al restaurante Four Seasons de Nueva York, en la planta baja de uno de los mejores rascacielos de la ciudad, el Seagram Building. En la primavera de 1958, Rothko recibió el encargo de su decoración. Era, sin duda, el más relevante que se había encomendado hasta la fecha a uno de los pintores del “expresionismo abstracto”, así que debió de asumirlo con mucho ímpetu e ilusión. Tenía que pintar siete lienzos y acabó realizando treinta, tiempo durante el cual fue albergando serias dudas sobre el proyecto que cristalizaron, finalmente, en la renuncia al encargo de Rothko, que devolvió el dinero, aunque nunca explicó satisfactoriamente el porqué. José Riello estudia las circunstancias del encargo y su posterior rechazo, profundizando en el complejo mundo interior del artista a partir de los impresionantes lienzos que, para desasosiego de los comensales, hubieran colgado de las paredes del restaurante.
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